Podemos decir, sin temor a exagerar,
que jamás en la historia del ser humano había ocurrido
nada semejante. Se habla de Toledo en la Edad Media española,
pero sólo convivían gentes de tres religiones. Se
conoce de experiencias multinacionales en comunidades adelantadas
como los kibbutzs israelíes, las comunas hippies o Auroville,
en la India, pero todas ellas han salido de la ciudad y son, de
una u otra manera, hijas de una misma religión o corriente
espiritual. En Lavapiés, en el centro de Madrid, una de
las metrópolis europeas, conviven negros africanos animistas
y musulmanes; magrebíes, turcos, kurdos y árabes
musulmanes; indios, pakistaníes y bangladeshíes
hinduístas y musulmanes; chinos ateos y taoístas;
indígenas ecuatorianos, criollos y mestizos de toda América
Latina, europeos del este ortodoxo y occidentales de casi todos
los países, de un lado y otro del Atlántico... mezclados
con el componente étnico tradicional madrileño,
el chulapo y los gitanos, muchos de ellos, evangelistas, más
los jóvenes que se acercaron al barrio en los últimos
años.
Todas y cada una de las personas que viven o hacen su vida en
Lavapiés participan, aún sin saberlo, en el mayor
experimento humano que haya realizado esta especie. En la pequeña
marmita que delimitan sus cuestas y callejones, se cocina un cocido
sinigual, en el que cabe la danza del vientre, el cuscús
y las arguilas; la salsa y el mojito; el chotis y el rock and
roll; el kebab y el sitar, el reggae y el raí, la pachanga
y los tangos, la capoeira y el taichi... Quizás por ello
tantos artistas hayan encontrado su inspiración en esta
antigua medina....
Hemos dicho que es un experimento, pero hemos mentido. Nadie se
ha propuesto nada, cada uno vino aquí con un objetivo,
y aquí se ha acomodado por sus propias razones. El destino,
o el único Dios, para los creyentes, le ha colocado aquí
y basta.
La razón que inspira esta jocosa declaración es
algo muy serio: celebrar el habernos reunido. Sentirnos orgullosos
de haber conseguido lo que jamás el ser humano había
logrado... Y dar un paso más alla.
Con el orgullo de saberse representante de la cultura que a cada
uno le vió crecer, la declaración unilateral (es
decir, por parte de los ciudadanos) de Lavapiés, como patrimonio
de la Humanidad, encierra una pretensión más ambiciosa:
queremos decirle al mundo que lo hemos logrado, que es posible
convivir en paz, que merece la disfrutar de cada una de las culturas
humanas. Y por ello, le decimos a la Humanidad que este barrio
es suyo, que es un espacio sin fronteras, presidido por la humanidad
(esta vez, con minúsculas).
Es decir, los ciudadanos de Lavapiés, a día de hoy,
conscientes del gran honor que se ha depositado sobre ellos, devuelven
ese honor proclamando una nueva manera de convivir, recuperando
los preceptos humanitarios que un día vivieron todas las
sociedades tradicionales del planeta Tierra para la creación
de una nueva raza en la que caben todas las músicas, todos
los sabores, todas las creencias. Haciendo de la “humanidad”,
en definitiva, el precepto fundamental de su modo de vida, de
su modo de relacionarse.